«¿ Si quiero hacer pareja necesito sanar antes?» Es una pregunta que escucho con frecuencia en consulta y quizás también te la haces tú.
Todos llegamos a la adultez con heridas del pasado: experiencias dolorosas, vínculos que dejaron marcas, eventos traumáticos que quedaron reprimidos. Es innegable que todo eso influye en nuestro presente y en la manera en que nos relacionamos. En mi trabajo clínico veo a menudo que muchos conflictos de pareja no nacen en la relación actual, sino que vienen de mucho antes: de la infancia, del sistema familiar, de relaciones pasadas no resueltas.
Hacernos cargo de esas decepciones y dolores es una responsabilidad personal. Implica observarlos, transitarlos, procesar el impacto y hacer las paces con esas historias que hoy nos limitan. Para eso existe la terapia, una red de apoyo cercana, un libro que nos confronta, un podcast que nos abre preguntas. A veces, cuando esto no está trabajado, entramos en una relación esperando que el otro nos salve o cargue con lo que nos duele. Es como decirle, sin palabras: “aquí te entrego mi bandeja de problemas, hazte cargo”. Y eso, inevitablemente, termina pesando.
Desde este lugar, podría decirse que sí, que es importante sanar para amar. Pero la respuesta no termina ahí. El crecimiento personal no es una meta que se alcanza y se tacha de la lista: es un proceso que dura toda la vida. Vamos quitando capas, como una cebolla, acercándonos poco a poco a quienes somos de verdad. Por eso, no esperemos estar “completamente sanos” o “perfectos” para que el amor llegue.
Elegimos pareja también desde el inconsciente, y muchas veces nos encontramos con alguien que porta heridas similares a las nuestras. Lejos de ser un error, esto puede convertirse en una gran oportunidad. La pareja funciona como un espejo: nos muestra lo que aún necesitamos trabajar. En ese sentido, el otro se vuelve un maestro y la relación, una verdadera escuela.
Te pongo un ejemplo, quieres aprender a nadar, puedes recibir toda la teoría, cómo mover los brazos, cómo patear, cómo respirar, puedes asistir a horas de lecciones teóricas pero no vas a aprender si no te lanzas a la piscina. Al principio habrá miedo, tragos de agua, inseguridad, torpeza. Y es justamente ahí, en la experiencia, donde el cuerpo aprende y se fortalece. Solo probando el agua y sus desafíos terminas nadando, cruzando ríos y océanos. Con el amor pasa algo parecido. Conozco personas con un buen nivel de amor propio que, aun así, se sienten inseguras al vincularse. Eso no significa que no deban hacerlo; muchas veces es una invitación a ser valientes.
Amar es un acto de valentía. Es lanzarse al vacío sabiendo que siempre existe el riesgo: que te rechacen, que te abandonen, que tú mismo te cierres o te canses. Y sí, mientras más heridas haya, mayor es el riesgo de repetir patrones, de huir, de no poder sostener el vínculo. Pero el riesgo no desaparece esperando; se transforma cuando se hace consciente.
Entonces, ¿qué significa “haber sanado”? No es no tener heridas, sino conocerlas. Es ser consciente de tus desafíos y de tus fortalezas, hacerte cargo de lo que es tuyo y no depositarlo en la pareja. El amor no es un campo de rosas, probablemente no vas a poder evitar las dificultades pero sí puedes equiparte emocionalmente para atravesarlas, y mucho de eso se aprende en el propio vínculo.
Habrá momentos en que el desafío parezca demasiado grande. Quizás surja el impulso de sabotear la relación o de salir corriendo porque no te sientes suficiente. Todo eso también es material valioso de autoconocimiento. Entonces cuestiónate, mírate, ve a terapia, conversa, explora en tu cuerpo todo lo que te pincha y te duele… y al mismo tiempo, ábrete al amor y al encuentro con el otro.
No esperes a que todo esté perfecto. Porque mientras esperas, la vida pasa. Y con ella, también pasan las oportunidades de amar.
¿La respuesta final? Es sí y no.
Sí, es importante trabajar en ti, sanar, conocerte, entender qué necesitas y qué te limita.
Y no, porque ese aprendizaje suele ser más profundo cuando se hace en compañía, cuando te atreves a mostrarte vulnerable y a crecer en relación.

Claudia González
Es psicóloga, psicoterapeuta y escritora ecuatoriana. Publicó el bestseller “Amar no cuesta tanto” con editorial Planeta en Ecuador y Colombia en el 2021. Trabaja hace 16 años en su consulta privada. Tiene un máster en terapia sistémica familiar y es certificada en brainspotting. Desde 2022 dirige y presenta el podcast «Amar no cuesta tanto» y escribe el newsletter “Lo que me pasa a mí te pasa a ti.” Conoce más sobre Claudia AQUÍ